El Blocao V

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La ametralladora en la puerta había sido mano de santo.

A la turba de chilabas que se lanzó, tras nuestra entrada hacia ella, y que casi la alcanzaba ya cuando montábamos el afuste, metíamos el cañón y la cinta de municiones, brillaban las balas nuevecitas, cobre y plomo a repartir entre la morisma, la hicimos pedazos con ráfagas cortas pero precisas que el Búho disparaba, apretando las mandíbulas tanto que por encima del tableteo podía oír sus dientes rechinando.

Diez o doce bultos pardos se quedaron muy cerca, otros se arrastraban hacia sus líneas, fuera del alcance de la segadora, otros retrocedían espantados al ver a sus compañeros caer abatidos, doblándose como una navaja con cada impacto.

Entonces fue cuando el teniente Gámez, nos demostró a todos, y sobretodo a su viejo sargento, que no era el cobarde que creíamos.

Ordenó a unos veinte hombres calar las bayonetas, él mismo agarró un fusil, y tras ordenarle al sargento que cesase el fuego, muy tieso y distinguido, el teniente era hijo de nobles venidos a menos pero no había perdido su vieja arrogancia aristocrática, primero andando, hasta la puerta, flemático y solo, con los otros veinte detrás, esperando que un moro le pegase un tiro, y luego transmutado en bestia del averno, sus ojos eran dos carbones encendidos cuando miraron atrás y gritó:
- ¡Al asalto mis valientes, no dejéis moro vivo!
Y se lanzó hacia las alambradas y ensartó a un moro que se arrastraba y chillando como un poseso hizo que el enemigo huyese, con los veinte camaradas ya a su alrededor, enardecidos y dando bayonetazos como descosidos.
Y siguió un poco más allá, siempre gritando y clavando la bayoneta que chorreaba sangre hasta el guardamonte del máuser, y los otros detrás, y así hasta que los rifeños, rehechos y protegidos por sus camaradas atrincherados en las peñas empezaron a devolver el fuego y ahora les tocó a los nuestros retroceder, disparando sin perder la cara al enemigo, el teniente el último, venga ponerse rodilla en tierra, protegiendo a sus hombres. Tiraba muy bien el teniente Gámez, no le vi fallar ni una sola vez.
Sentado sobre la máquina, las manos apoyadas en la culata y la barbilla sobre ellas, el Búho miraba muy atento la acción, me miró y dijo:
- ¿Sabes Pelayo?, la gente no deja nunca de sorprenderme… Uno que creías un señoritingo cobarde resulta que no, que los tiene bien puestos…
- Míralo-le dije- No deja de disparar y de proteger a ésos que vienen heridos. Es un buen oficial.
- Es un arrogante hijo de puta que se cree mejor por nacer donde nació…Pero hoy se ha ganado mi respeto…
- Un Señorito valiente-dije.
- Como tú… Que también me sorprendes.
- ¿Yo?
- Si… No entiendo todavía cómo no luces estrellas…Vales más que todos ésos
- Prefiero ser soldado
- ¿Sabes Pelayo..?
- ¿Qué?
- Eres gilipollas…
Sobre la ametralladora todavía candente, el viejo rostro de barba desaliñada, cien mil arrugas, pero ojillos vivos e inteligentes tras ellas, estalló en una carcajada atronadora, hasta miraron hacia nosotros unos del parapeto cercano, curiosos, preguntándose que de qué coño se reía ahora el Búho. Yo no pude menos que darle la razón y reírme con él.
Era ya noche casi cerrada, y entraban por la puerta los del ataque a la bayoneta, volvían todos, los veintiuno, pero a cuatro de ellos los llevaban los camaradas cogidos por los pies y los sobacos, tres listos de papeles y el cuarto aullando como un lobo mientras uno le iba apretando con las dos manos el muslo del que manaba abundante y negra la sangre.
Hasta nosotros llegó el teniente, la guerrera desabotonada y empapado en sudor, la sangre secándose sobre la madera del fusil que todavía apretaba en sus manos, yo me levanté y me cuadré, pero el Búho siguió sentado acariciando el metal pavonado de la caja de mecanismos. El teniente y él se miraron, después el viejo sargento movió la cabeza afirmativo, apretando un poco los dientes, se levantó, se puso firmes y extendió su mano derecha hacia el oficial:
- ¡Con dos cojones mi teniente!
En los ojos de Gámez un destello agradecido iluminó su mirada, apretó la mano del sargento y permanecieron así un segundo, mientras la luna rifeña comenzaba a asomar entre las peñas y los matojos:
- Gracias González… 
Las manos de los dos soldados se despegan pero siguen mirándose uno al otro muy fijo, yo permanezco callado, observando. Dos hombres que se dan la mano en mitad de ninguna parte, uno que le ha demostrado al otro que no era lo que pensaba, o sí lo era, pero que al menos le ponía valor al asunto, el otro que hidalgo reconoce el valor de su oficial:
- Organice la noche, turnos de dos horas en parejas, el resto que coma y duerma, reparta más munición, yo estaré en la tienda, con el diario de operaciones… Voy a proponerlos a ustedes para una condecoración.
Entonces no sé la razón, algo me saltó por dentro, algo irrefrenable que cuando quise darme cuenta ya había dicho:
- Yo ya tengo mi teniente… Pídala usted para el alférez, el valenciano, Eulogio y para ésos que amontonamos tras la tienda enfermería…
- La pediré para quien yo crea conveniente Sotomayor, ¿no le parece?
- Sí mi teniente… Pero ellos la merecen más que yo.
Parecía contrariado, un punto irritado, el frío nocturno secándole el sudor en el pecho le hizo estremecerse un poco, son frías las noches en el Rif:
-¿Usted tampoco quiere González?
- La mía, mi teniente, la pide usted a nombre del alférez Chacón…
Entonces algo casino online cabizbajo el teniente se alejó hacia su tienda, a medio camino ordenó a un soldado que lo siguiese. Tráeme de comer y de beber, rápido- le ordenó- de nuevo la arrogante apostura volvía a su mirada azul, nos lanzó una última mirada, los ojos azules brillaban entre iracundos y admirados y se metió en la tienda:
- Será cabrón-me dice el Búho- Suelta lo de las medallas para ver si así nos ofrecemos de testigos.
- ¿Testigos?
- Sí, de su acción, de su asalto a la bayoneta… Seguro que está redactando ahora el informe, con muchas flores, para que le den la medalla a él.
- ¿Tu crees?
- Claro, ¿no has visto como mira con envidia la cruz ésa que llevas en el pecho cuando vas vestido con el traje de paseo?
- No me había fijado…
- Pues ya te digo yo que sí… Pero necesitará varios testigos, un viejo sargento y un soldado distinguido son su mejor aval, por eso lo de ofrecernos condecoraciones y menciones, para sobornarnos…
- ¡Será cabrón!
El Búho sonreía, se rascó el cogote y luego me dijo que limpiase la máquina, pusiese a dos a su cargo y me reuniese con él en su tienda, para hacer nosotros nuestro informe, a base de copazos de Soberano y de Anís del Mono. La noche se presentaba larga y a pesar de mi cansancio, de las piernas y los brazos doloridos sabía que aquella noche la pasaría junto al Búho, de puesto de centinela en puesto, atento y vigilante, desconfiando del enemigo y sus argucias, como llevaba haciendo el viejo suboficial desde que nos habían desplegado allí.
La luna estaba alta en el cielo, tan cerca que casi podías tocarla, ya los moros prendían fogatas que como luciérnagas de mal agüero se iban encendiendo alrededor de nuestra posición, rodeándola por completo, a lo lejos, donde debía estar la posición “A” el cielo se tornaba rojizo, con vaivenes amarillentos, algo se quemaba por allí, y siendo aquello el Rif, no podía ser otra cosa que la posición española, copada por el enemigo y muertos o prisioneros sus defensores. 
Un escalofrío helado recorrió mi espalda y los iris verdes volvieron a clavarse en mi corazón, llenándome el pecho de calor, recordaba la mirada intensa de Cecilia, sus ojos clavados en los míos, escarbando dentro de mí y haciendo que me sintiese como un tonto enamorado.
Sus palabras cuando se alejaba hacia su mesa y sus amigos- A mí tampoco- Había dicho, y yo estaba seguro de que era verdad, sus ojos me gritaban que la agarrase de la cintura y la besase allí mismo, me decían que preferían mil veces estar conmigo que con aquella panda de estirados oficiales, todos requebrándola, todos persiguiendo ser el yerno del Comandante General, todos más pendientes del cargo de su progenitor que de sus espectaculares tirabuzones rubios y sus ojazos verdes como esmeraldas colombianas.
En la noche se escuchaban las conversaciones del enemigo alrededor de los fuegos, sus risas y sus bromas, estaban muy cerca, rodeándonos por completo, pacientes, comiendo sus dátiles y sus higos secos, acuclillados con la fusila entre las piernas, tomando los tres tés rituales y esperando que amaneciese para pasarnos a todos a cuchillo. Los mismos que pocos días antes nos miraban en el zoco, mientras llenábamos la carricubas en el pozo, los mismos con los que quizá habías estado hablando amigablemente, bebiendo té o compartiendo el calor y la miseria de aquella tierra reseca y dura que tanto me recordaba a la mía.
Sin embargo, ahora habían decidido revolverse, atacar a los infieles y llevarse buen botín, y cuando los rifeños decidían eso, no conocían a nadie, les daba lo mismo si el enemigo éramos nosotros u otra kabila cercana, una vez metidos en harina, el rifeño no cejaba en su empeño.
Era aquella una tierra dura e inhóspita, y sus gentes , poco amigables, no admitían ninguna ley más que la suya propia y al Sultán de Marruecos lo odiaban a muerte. Y a nosotros, por apoyarlo con nuestro Protectorado, migajas que nos dieron los europeos, también.
Fumaba en mi parapeto preferido, a la sombra del Schneider del siete y medio, que ahora estaba silencioso, y reluciente tras afanarse el cabo y los tres artilleros que lo manejaban en limpiarlo de polvo, pólvora quemada y grasa tras haber estado todo el día pepinazo va, pepinazo viene. Los artilleros habían sonreído como niños cuando les acercaron las municiones y los repuestos:
-¡Un goniómetro nuevo!- gritó el cabo al sacar de su caja aquella pieza vital para la puntería- Ahora se van a cagar ésos… Toda la mañana tirando a ojo- Decía.
Ahora dormían los cuatro amontonados junto al cañón, exentos de servicio, pues se necesitarían mañana todas sus energías y su pericia al cargar, disparar, sacar la vaina y empezar de nuevo, junto a ellos la pareja de centinelas me miraba fumar con envidia, así que me levanté y les ofrecí mi lata de picadura y el papel:
- Pero esconded la brasa, no os vaya a pegar un tiro un “Paco”
- Descuida Pelayo..Y gracias 
- De nada hombre, de nada…
Los hombres se turnaron para liarse el cigarro, luego lo encendieron casi tumbados contra el parapeto, escondiendo la cerilla y luego la brasa entre la mano semicerrada. Dos hombres normales y corrientes, compatriotas analfabetos y miserables que no habían podido pagar la vergonzosa redención y se mascaban ahora tres años de Rif, con muchas papeletas en el bolsillo de no regresar jamás a sus secarrales y terruños, a sus pueblos perdidos de Castilla, Extremadura, Cataluña o Andalucía.
Uno era recio y ancho como un armario, achaparrado y de cejas enormes y unidas, ojos desconfiados y uñas renegridas, el otro flaco y alto como una espiga, no eran dos bisoños, llevaban ya medio servicio y tenían el aire sobrado de los veteranos, y la mirada de los que en más de una ocasión se habían visto en situación apurada. Les conocía y sabía que no eran de la peor calaña, ni buenos ni malos, simples soldados adaptándose a lo que había, solo pendientes del calendario y de los días que faltaban para su licenciamiento, y sin embargo, ésa mañana y otras que había habido antes, se habían defendido como jabatos, rechazando los asaltos de los moros, impasibles, valerosos, sin importarles la miseria y el abandono, los abusos de algunos oficiales, ni el hambre, ni la sed.
Me sentí tremendamente orgulloso de aquellos hombres, y de los demás que dormían en las tiendas o permanecían en sus puestos taconeando el suelo de tierra para quitarse el frío, con la escarcha de la madrugada blanqueando el metal del fusil, orgulloso de estar allí con ellos en aquel blocao rodeado de enemigos que deseaban matarnos, pero a los que no iba a salirles gratis poder hacerlo.
Por la cuestecilla que llevaba al bastión de la artillería vi subir la figura vieja del Búho y pensé:
Éste hombre sí que se merece una medalla, y jubilarse en un harem de moritas jóvenes…
-¿Qué me miras así “lagañoso” de los cojones.
-¡Pero qué mala follá tenéis los granadinos!… Le miraba el paquete mi sargento…
- Pues ahí ya poco encontrarás…Y luego soltó otra carcajada de las suyas, que despertó a los artilleros y hasta a algún moro, pues se escucharon insultos en bereber y luego dos balazos dieron bajo nuestro parapeto.
-Le jodiste el sueño amigo…
-La madre que los parió…
Luego sacó una botella que traía en al bolsillo, un tercio de litro, una petaca de las que llamábamos inglesas y se arreó de un trago la mitad del contenido sin inmutarse, luego me la pasó y yo le di un tiento suave, lo justo para calentarme las tripas, ni que decir tiene que el Búho la terminó, ignorando las miradas de los centinelas que se relamían y tiritaban, lanzándonos miradas a ver si el Búho las veía y les invitaba a ellos.
Pero el sargento o no vió o no quiso ver. Tras arrojar la petaca fuera del parapeto, se levantó, eructó satisfecho y empezó a bajar el caminillo:
- ¡Vamos Pelayo, no vaya a ser que algún desgraciao de estos se duerma y nos den un rebato los moros!
Me colgué el fusil al hombro, alcé la vista a la luna que ya vería siempre con destellos verdes mirándome, suspiré y eché a andar tras la figura de mi amigo, el viejo suboficial, Anacleto González Pérez, al que en todo el Regimiento y en el Ejército de África entero conocían con el sobrenombre de El Búho.
(Continuará)
A Villegas Glez 4/12/12