El Blocao IV

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El viejo y destartalado Renault cargado hasta los topes levanta una inmensa polvareda mientras recorre, a toda hostia, la pista de tierra y piedras que conduce hasta las líneas que defiende nuestro regimiento, directos al blocao “H” y los camaradas que nos aguardan.
La kábila se ha rebelado, sucede de cuando en cuando, un kaid insatisfecho o un fanático musulmán que llega predicando la guerra santa contra los infieles, o sea, nosotros.

Durante el trayecto desde Melilla habíamos visto partidas a caballo de harqueños, sin duda camino de una reunión donde decidir si atacaban, o no a los españoles. Los rifeños discuten mucho antes de decidirse a realizar una campaña, no nos temen, pero si el posible botín no les satisface, regresan a sus hogares y a la lealtad a España, si les conviene atacan con valor y saña, buscando sacar el mayor beneficio, además de ajustar cuentas con algunos españoles con los que guardan deudas de honor. Aquel capitán arrogante que violentó el hogar familiar, el teniente que se quiere tirar a la morita mientras el abuelo afila la gumia, y mil despropósitos y humillaciones más que soportan algunos de estos rifeños, de algunos de nuestros oficiales, suboficiales o soldados, que en la bajeza no hay más grado que el de los talones de cada cual.

 

 

El caso es que hay follón y en la posición del comandante Satrústeguí nos informaron de que los paqueos ya han empezado y que el ataque a Drius, pese a ser rechazado, estaba bien organizado y preparado, y que se teme que la rebelión se extienda a otras kábilas. Dígale al teniente Gámez que defienda aquello hasta el último hombre, Chacón, oímos como le decía el comandante al alférez y este se cuadraba y contestaba el reglamentario “A sus órdenes…”, temblándole un poco la voz al decirlo. 
El camión sigue su carrera con el “Búho” al volante, el sol ya casi a mediodía calentándonos las cabezas, vamos en la caja, apoyados sobre los bultos lo mejor que podemos, pendientes de no darnos un mal golpe y de los alrededores, el corazón acelerado, tensos los músculos, aquello es el Rif y una rebelión tan solo es promesa de pelea dura y sin tregua, de sangre y de muerte.
Al Este aparecen de repente unos jinetes, chilabas y turbantes grises que permanecen cabalgando a unos doscientos metros paralelos al camión. El viejo Renault va a todo lo que da su motor, con las transmisiones a pique de salirse y que nos matemos todos, pero el viejo sargento pisa a fondo y mira de vez en cuando a los jinetes.
¡ZIUUUSSSSS!....¡ZIIIIIUUUUUUUUSSS!... ¡BLONG!
Dos balas habían pasado altas, pero la tercera se había clavado en la chapa de la cabina, encima de la ventanilla del “Búho”. Por encima del ruido del motor y de las piedras que chocaban contra los bajos le oí gritar:
-Pelayo…¡Dales candela coño!…
Les dije a los camaradas que se preparasen y a mi orden apuntasen delante de ellos, para así, si alguno acertaba poder frenarlos, mientras apoyé la barriga en una caja y el fusil en un saco, busqué un objetivo con el alza a doscientos, apenas podía mantener la mira paralela, pero aquellos tres balazos merecían su respuesta,así que apreté bien los huevos y los dientes y apunté muy bajo al caballo negro de un moro que me pareció el cabecilla.
Acompasé mi respiración a los bandazos de la caja del camión, siguiendo a mi objetivo sin perderlo un segundo, no quería fallar, y cuando les grité a los compañeros “fuego”, los ojos verdes de Cecilia inundaron mis sentidos, dos pozos de gozo que quizá si atinaba aquel disparo podría disfrutar cerca muy cerca de los míos.
La descarga de los camaradas dio en tierra delante mismo de los caballos enemigos, que se refrenaron un poco, lo justo, para que mi objetivo, chilaba azul oscuro y turbante blanco hiciese un quiebro con el caballo. Apreté suave el disparador y antes casi de oír el disparo, vi como mi enemigo caía del caballo los brazos en cruz hacia atrás.
Sus compañeros nos regalaron unas cuantas descargas mientras chillaban mucho y hacían muchos aspavientos, pero ya no nos siguieron más. Mientras nos perdíamos entre la polvareda miraba el bulto inmóvil en el suelo y el caballo al lado olisqueándolo, me sentí orgulloso de mí mismo, no por matar a aquel hombre, matar no nos enorgullece a ninguno, es tan solo una faena que nos ha tocado hacer, me sentía sin embargo satisfecho, seguro, invencible, y le sonreía al sol como si lo estuviese haciendo ante la cara de la hija del Comandante General.
-¡Olé tus huevos compadre!- Me palmeaban la espalda los compañeros y me daban tabaco, riendo y comentando. Que si vaya tiro “las dao”, no veas qué certero, y bromas de soldado procaces y que nos hacían reír.
-¡Callaos, callaos!- dijo el valenciano
-¿Qué pasa?- preguntó Pedro
- Eso que se oye de la parte del blocao…¿Nos son tiros?
Así era, el sargento González también debía haberlos oído, pues el camión empezó a aflojar la marcha hasta casi detenerse. Con el ronroneo del motor de fondo, por encima de él, y desde la dirección en la que estaba nuestra posición, se oía el ¡crac,crac, crac, crac! de la fusilería en plena faena, roto de cuando en cuando por el ¡Baum! del cañón del siete y medio del flanco sur.
El Búho paró el vehículo y me ordenó descender y que le acompañase a él y al alférez, los demás debían vigilar la carga. Estábamos a unos tres kilómetros del blocao, pero debíamos avanzar hasta una loma cercana para poder observarlo y ver qué pasaba, aunque ya todos sabíamos lo que pasaba, claro, a medida que nos acercábamos a la loma los disparos y los gritos de los moros se escuchaban con escalofriante cercanía y claridad.
El Blocao estaba bajo asedio, rodeado por los cuatro lados de grupos de rifeños que atacan por entre las retamas y las peñas, se veían algunos cuerpos enredados en el alambre de espino y por el flanco sur un cañonazo destroza a un grupo de jinetes que se arrima demasiado. Los camaradas combatían a pie firme, cien contra casi mil, pues desde cada monte y aduar se veían bajar más moros armados para sumarse a la fiesta.
- ¡Santa María Virgen Bendita!- exclamó el alférez
- Amén- Dijo el Búho- Habrá que bajar allí mi alférez… Ésa máquina que traemos…
A Chacón le temblaban los prismáticos en las manos, pero cuando miró al sargento parecía firme:
- Claro, la ametralladora enclavada en la puerta les vendría de perlas…
- Si
- ¿Y quiere que nos metamos en mitad de todo ése ataque y que con el camión acabemos dentro?
- Así es…
- No llegaremos y se quedarán los moros el material… Moriremos todos.
- Eso pasará aquí fuera también mi alférez, o sea que mejor dentro que fuera.
- Ummmmm…
- Ni Um ni pollas en vinagre…¡Vamos padentro si quiere usted venir mi alférez…!
Y el Búho echó a andar hacia el camión, ¡Pelayo conmigo!, me había gritado y a duras penas podía seguir al viejo que subía los pedregales rifeños como cabra, mientras refunfuñaba entre dientes nosequé de cobardes, señoritos de mierda y etcéteras.
A los pocos pasos vi al alférez suspirar, guardar los prismáticos en la funda y encenderse muy flemático un cigarrillo, para después empezar a caminar hacia nosotros. Aquel hombre no era un cobarde, solo estaba cansado, o quizá sabía que de aquel infecto agujero del Rif no saldría jamás. Una cosa por cierto, que sabíamos todos desde el día mismo que nos desplegaron en aquella serie de posiciones indefendibles, pequeñas y mal abastecidas que eran los blocaos.
Cuando regresamos al camión pusimos la carga protegiéndonos los flancos, dejando las cosas más delicadas en medio, así teníamos un pequeño parapeto desde el que disparar y protegernos del fuego enemigo, poca cosa la verdad, pero menos era nada, en la cabina el Búho conduciría y el alférez con su pistola le protegería. 
Confiábamos en que la sorpresa de nuestra aparición nos dejase el margen de espacio y tiempo suficientes, antes de que una jauría de moros se arrojase sobre nosotros. Había todavía un tramo que permaneceríamos ocultos a su vista, luego, al subir la última cuesta, ya estaríamos en medio del berenjenal, lanzados a toda mecha hacia la puerta que esperábamos nos abrieran los camaradas.
El corazón me palpitaba tan fuerte que parecía querer salirse de mi pecho y unos ojos verdes inundaban mi alma, metí un peine y me persigné, al tiempo que aparecíamos por el camino y el sargento González gritaba ¡Santiago! y apretaba el acelerador a fondo, por las ventanas traseras que daban a la caja, pude ver que en una de sus manos, el viejo sargento se había enredado un gastado Rosario y que mientras apretaba los dientes, rezaba.
¡TUMP!, ¡TUMP!, sonaban los cuerpos de los rifeños que el camión arrollaba a su paso, las balas volaban por todas partes buscándonos, jinetes se acercaban casi hasta el borde de la caja para intentar encaramarse a ella, pero caían todos bajo nuestro fuego, también cientos de enemigos corrían tras el camión, sin importarles ver salir los trozos aplastados de los que arrollábamos , ni los que íbamos matando.
Si el camión se para nos destrozan como caribes, pensaba mientras metía peines y disparaba, miraba la cada vez más cercana puerta, mientras los moros parecían haber dejado de lado su ataque al blocao para cebarse con aquel camión repleto de abastecimientos.
Pero no se paraba, el Búho arrollaba o esquivaba todo lo que se le ponía por delante y el viejo Renault se estaba portando como un jabato, pese a que del tapón del radiador salía un inquietante vapor blancuzco.
A cincuenta metros de la posición mataron al valenciano, le vi echarse las manos a la cara, ensangrentadas y sin decir ni pío, cayó del camión y rodó unos cientos de metros pisoteado por los enemigos y después desnudo y saqueado en un decir Jesús, luego le dieron al joven Eulogio, que se quedó sobre la caja que contenía la ametralladora con los ojos muy abiertos y la sangre empapando la madera y el cartel de “Metralleuse Hotchkis”. 
Su amigo Lucas se encogió entre dos cajas llorando a moco tendido, Pedro seguía disparando, recio leonés que no derribaba ni la coz de una mula.
Una bala reventó un neumático trasero y casi volcamos, pero González era un magnífico conductor, logrando que el bandazo tras el reventón no nos mandase a una barranca cercana y sí, dando coletazos terribles, hacia dentro de la posición donde los camaradas nos recibieron con ¡Vivas! Y ¡Olés! , agitando los sombreros admirados.
Yo casi no tenía aliento y el hombro entumecido me dolía a horrores, además de una rodilla que una caja se había encargado de aplastar contra otra en uno de los bandazos que habíamos dado, Pedro estaba bien, y Lucas seguía encogido llorando mirando el cuerpo de su amigo, entonces, algo dolorido me levanté y le cerré los ojos a aquel muchacho muerto sobre la caja de una ametralladora.
El teniente llegó, dando voces para que se descargase aquello de inmediato, Chacón, Chacón gritaba,¿donde está el alférez?.
Entonces el viejo sargento, salió de la cabina, se puso muy tieso, saludó marcial, tenía una herida en el hombro y otra en un antebrazo, dos roces, dos balas que no le mataron por poco:
- Novedades en el servicio mi teniente: Un oficial y dos soldados muertos, el resto contusos pero bien. Los avituallamientos y repuestos, sin novedad.
El teniente se acercó hasta la puerta del camión y la abrió, el cuerpo sin vida del alférez Chacón cayó como un fardo al suelo, un muñeco desmadejado con un balazo en la barriga y otro en el pecho.
Y cuando el cuerpo tocó el suelo, yo entendí aquel suspiro, aquella mirada y aquel cigarrillo que había encendido el alférez antes de bajar hasta el camión y su destino. Definitivamente aquel hombre no era un cobarde, pues sabiendo lo que le esperaba, lo encaró con valor y frialdad, sin aspavientos ni dramatismos.
- Le dieron el primer tiro muy pronto, el de la barriga, pero aguantó hasta casi el final que le endiñaron el otro, mire usted su pistolera, ni una bala le quedaba ya- Contó el Búho- Sus cojones , añadió.
Y yo no pude estar más de acuerdo con él, sin embargo los moros seguían atacando y el alférez no era el único muerto del blocao, el teniente nos lo confirmó con sus funestas palabras:
- Ya mismo todos acabaremos lo mismo… Si no nos rendimos claro…
El Búho lo miró con desprecio, de arriba a abajo, daba la impresión de que tenía ganas de escupirle en la cara al teniente, y en cierta manera lo hizo:
- Ahí tiene usted la puerta mi teniente, los demás no nos rendimos…
Luego me ordenó que le ayudase a llevar el cuerpo del alférez hasta su tienda, allí le dejaríamos hasta que acabase todo, terminase como terminase.
Cuando salimos , miró al cielo, pegó cuatro voces a unos que asomaban de más la cabeza por el parapeto y me dijo:
- Venga Pelayo, montemos esa máquina y demos un poco de guerra antes de que nos acaben…
- Siempre a tus órdenes amigo, ya sabes, mi sargento y eso…
- No me toques los cojones Pelayo…
Y miré entonces yo al cielo, mientras escuchaba los gritos del enemigo que atacaba, los quejidos de los heridos, el hedor de los muertos y me pregunté si alguna vez volvería a ver aquellos ojos verdes y me prometí a mi mismo, que haría todo lo posible porque así fuese.
Luego, con el sargento González al mando, empezamos a montar la Hotchkis frente a la puerta del blocao, estaba atardeciendo y el sol rojizo se asemejaba a la sangre que salpicaba las piedras, los sacos terreros y la arena del agujero aquel que defendíamos y al que ni tan siquiera habíamos puesto nombre.
(Continuará)
A. Villegas Glez. 30/11/12