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El Blocao III

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y oficiales que conocen al viejo sargento y le respetan y admiran. El Búho tiene buenas relaciones con todo el mundo y así, en pocas horas el camión está hasta los topes de municiones, de latas de sardinas, de repuestos para el cañón y hasta de una ametralladora Hotchkis nuevecita y reluciente.

Tardamos en ducharnos, ponernos unos uniformes limpios y nuevos, regalo del Búho, afeitarnos y ponernos decentes, menos de lo que se tarda en contarlo y en mucho menos tiempo, estábamos desparramados por el centro de Melilla, como catetos en mitad de Madrid, mirándolo todo con ojos asombrados, y eso que no era la primera vez que íbamos. Pero al pasar tanto tiempo destacados en el blocao, siglos me parecían ya, era como si fuese la primera vez.

La tarde fue larga, entre tabernas donde nos bebimos todo el vino y nos comimos todo lo que nos pusieron delante y paseos arriba y abajo mirando a las señoritas bien que tomaban café o té con pastas en la puerta del Casino Militar, junto a ellas los oficiales emperifollados fumaban muy distinguidos y elegantes, pero yo que los observaba sabía que no había felicidad, solamente disimulo y buenas maneras, sonrisas sociales, insípidas y amargas.

Conocía el paño, yo mismo podía haber sido uno de ellos, pero no quise, y por eso mi padre me desheredó y repudió… Y al final acabé en el Rif, pero de soldado. La vida que se ríe de nosotros como a ella le da la gana, pero esto es otra historia que no contaré, al menos hoy, a ustedes.

Sentados en un banco frente al casino, descansando un poco el cuerpo mientras llegaba la noche y preparábamos el asalto a la casa de Fátima, la alcahueta vieja y arrugada que regentaba uno de los muchos burdeles que había en la ciudad, éste estaba cerca del Hipódromo y no era de los peores, limpieza razonable y chicas jóvenes que se lavaban tras cada servicio, españolas, moras y hasta un par de eslavas rubias y despampanantes que eran las pupilas de Fátima más solicitadas.

Mientras esperábamos, el sol ya marchándose hacia el oeste, hacia las montañas del Rif donde estaba nuestro Regimiento y nuestro blocao me dedicaba a leerles a mis analfabetos compañeros las cartas que habíamos recogido en la Posta del Regimiento.

Había solamente tres misivas, ni Pedro ni yo recibíamos correo, Pedro en raras ocasiones, yo jamás, pues nadie había que me pudiese escribir y el que había, hacía mucho tiempo que decidió dejar de tener noticias mías. A Pedro le había visto el mismo brillo triste en los ojos cuando no había nada para él,¡pobre!, todavía esperanzado en recuperar a su novia, comprometida oficialmente el año pasado con el hijo del médico.

Las tres cartas eran casi iguales, escritas casi con seguridad por el cura del pueblo en los tres casos. 
Hijo mío cuídate, cumple tu obligación y regresa pronto. Padre está bien, algo cansado, madre la pobre reza cada día. El granizo se llevó la cosecha, estamos bien no te preocupes. 
Y cosas así.

Mientras leía contemplaba los rostros de los hombres a los que iban dirigidas, y en sus expresiones veía los niños que fueron o que casi eran, pues Lucas y Eulogio, los dos de Villarrobledo y de la misma quinta apenas tenían diecinueve años. 
Vicente el valenciano era algo mayor, de mi edad y la de Pedro más o menos, veteranos de veinticinco años. También era el más peligroso de los cinco, pues nacido en la Malvarrosa hijo de padre desconocido y tabernera portuaria su crianza era de lo más selecta y sus modales parejos, sin embargo lloraba como un niño cuando le leía la carta de su padre.
Después la última luz se perdió y los camaradas empezaron a caminar rumbo al bar más próximo para calentarse antes de acometer la fortaleza de Casa Fátima, yo me demoré un momento en el banco, mientras encendía un cigarrillo y contemplaba la luna amarillenta y enorme que se empezaba a dibujar en el cielo. Acababa de firmar tres años más en el ejército y repasaba mi vida, pensando en que el viejo, al final se había salido con la suya y había vestido el uniforme. La idea de alistarme en el Tercio de Extranjeros se me hacía atractiva por momentos, allí se pregonaba que se ascendía por méritos en combate y si había de quedarme en la milicia, mejor arriba que abajo, pensaba… Y entonces apareció ella.
Era un ángel de tirabuzones rubios y sonrisa maravillosa, con desparpajo y gracia me preguntó:

- Oye soldado, ¿le estabas leyendo cartas a tus amigos?- Me miraba intensamente y yo sentía que me ahogaba en sus ojos verdes como esmeraldas
-
- ¡Biennnnnnn!-gritó ella-al tiempo que elevaba los brazos en expresión de triunfo- ¡Gané, gané la apuesta!, repetía alegre y desde ése mismo instante me enamoré de ella como un becerro.
- Gracias soldado- me dice- mientras sus iris verdes se me clavan en el pecho donde luzco mi condecoración. Aduar de Beni Sicar, un cañón y unos moros que pretendían llevárselo…
- De nada señorita
- Cecilia… Cecilia Almonte, mucho gusto… Me puse en pie y alisé mi guerrera lo mejor que pude, mientras sonreía y me presentaba.
- Pelayo Sotogrande y Santamaría, soldado en el Regimiento Ceriñola, para servirla a usted, señorita…
- ¿Pelayo?.. jajajaaajja- su risa era cantarina y fresca como el agua de manantial
- Sí, mi padre que es muy patriota el hombre, además de historiador…
- ¡Claro!, de eso me suenan sus apellidos- Me miraba incrédula, asombrada, pensando que le estaba mintiendo, sin embargo mi sonrisa franca y mis ojos sinceros me delataban. Pasó entonces al asombro.
- ¿Cómo que no es usted oficial…?, con ésos apellidos…
- Jamás quise ser militar, pero ya ve, la vida que es un carrusel, y aquí ando de soldado leyendo cartas a los camaradas.
- Es un buena acción, noble y desinteresada- me miraban ahora los iris verdes, curiosos, miró un instante a las mesas del casino, desde donde la observaban otras mujeres y un grupo de oficiales y luego se decidió, pude verlo reflejado en su mandíbula al apretarse un poco y su ceño fruncirse ligeramente, lo que la hacía más hermosa todavía bajo la luz de la luna.
- Le invito a unirse a nosotros… 
- No puedo señorita..
- Cecilia..
- No puedo… Cecilia, está prohibido a la tropa. Es solamente para oficiales…
- O para invitados de la hija del Comandante Militar de la Plaza, ¿no le parece señor Sotogrande?
- Pelayo… Me miró intensa, fugazmente ardiente, una niña rica de veintipocos, preciosa y que me miraba como jamás me miró mujer alguna sin que después hubiese cama de por medio. Sin embargo a mí, aquello de ser la hija del gobernador militar de Melilla hacía que se me encogiese la barriga y saltaran en mi cabeza todas las alarmas. Pelayo-en su boca mi nombre sonaba distinto, sonaba a promesas, a besos, a calor y carne mezclada -Véngase a nuestra mesa, se lo ruego…
- Lo siento Cecilia, es una orden, y entre militares las órdenes se acatan. Además nunca me gustó ése ambiente de forzada elegancia. Se volvió a reír de aquella manera tan hermosa, alegre y cantarina, luego enigmática me dijo:
- ¿Sabe Pelayo?... A mí tampoco…
Y entonces se alejó caminando despacio hasta el otro lado de la plaza y su banco lleno de amigos que me observaban curiosos. Los miré arrogante, nada tenía que envidiarles a ninguno, bueno, ahora sí. Ahora envidiaba que pudiesen estar al lado, tan cerca, de aquellos ojos verdes que permanecían clavados en mí, mientras un elegante oficial, le apartaba la silla para que se sentase de nuevo.
¡La hija del Comandante General!... Estás gilipollas Pelayo, me iba diciendo, primero firmas nuevo enganche y ahora te enamoras de la hija del Gran jefe. La idea de salir corriendo y alistarme al Tercio brotó de nuevo de mis tripas, también brotaba la necesidad de mujer, urgente y apremiante, que no había sentido desde que llegué a Melilla, pero que ahora me urgía a que corriese a refugiarme entre los pechos magníficos de Aixa la más guapa bereber de casa Fátima.
Allí me encontraron los demás, a la mañana siguiente, desnudo, resacoso y con la mora a mi lado dormida y enredada en mis piernas.
- Dice Fátima que son veinticinco pesetas, el precio de la exclusividad de las tetas de ésa mora…
- Joder…
- Precisamente por eso amigo, precisamente…
Luego atronaron carcajadas que despertaron a Aixa y clavaron en mi cabeza un millón de agujas en forma de estallido de luz. Y así entre brumas y la cabeza a pique de estallar, pagué mi abultada cuenta, hasta vino del caro había pedido, y caminé junto a los camaradas hacia el doker y el camión que nos esperaba.
El Búho ya estaba allí, tieso, marcial, sin rastro de fatiga bajo los ojos. Nos miró de arriba abajo y sonrió:
-Venga, al camión maricones, que nos espera el blocao … Espero que lo hayáis pasado bien… Anteanoche los moros atacaron Sidi Dris, está la cosa como olla de puchero,caliente y burbujeando, o sea que peine al máuser y ojo avizor.
Las sonrisas y los recuerdos agradables de la noche se borraron como por ensalmo, la cruda realidad nos golpeaba de nuevo.
Solamente éramos unos soldados, simples números en el sorteo de la guerra. Y ahora, nuestro número había salido. Si habían atacado Drius, que era recia fortaleza, no dudarían en atacar el resto de posiciones.
Mientras subía a la caja del camión, la imagen de los ojos verdes de Cecilia mirándome reflejada en la luna se me clavó en el corazón.
(Continuará)
A. Villegas Glez 27/11/12