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Tenerife, 1797

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El año 1797 empezó bien para los ingleses. En el cabo de San Vicente, vencen a los españoles mientras sus aliados gabachos miran a otro lado. Esta batalla, es ampliamente conocida, estudiada en las Academias Navales y recordada por los hijos de La Pérfida como una más de sus victorias contra los “Demonios del Mediodía”.

La batalla fue en febrero y el almirante Jervis, confiado y arrogante fondea su poderosa flota frente a Cádiz. Está dispuesto a bloquear la bahía y a acabar con la ciudad por hambre. Pero en Cádiz está el gran Mazarredo, que inventa el concepto de lancha-cañonera.
Son embarcaciones pequeñas y ágiles. Armadas con un cañón de veinticuatro libras o un potente mortero, atacan de noche a los navíos fondeados, provocando el desasosiego y el terror en la marinería inglesa.

 

 

A Jervis, no le queda otra que alejar sus barcos de la costa. El bloqueo se vuelve inefectivo y los mercantes, salen y entran del puerto como Pedro por su casa. Jervis se arranca los pelos de la nariz nervioso. Horatio Nelson, que es su subordinado es incapaz de acabar con las cañoneras, la idea es tan buena, que hasta los ingleses la copian y unos años después en Brest, los franceses organizan una “Flotille à L´Espagnol” emulando a las de Gravina, que hacen su tarea con mortal acierto.

En la flota inglesa se reciben noticias de que los españoles, están desembarcando sus tesoros americanos en la isla de Tenerife. Imaginando el oro y la plata brillando al sol canario, al almirante Jervis, como buen inglés y pirata, empieza a gotearle el colmillo.
Envía al legendario, Nelson, que todavía ni es leyenda ni nada, a tomar Tenerife y a traerse los navíos hasta las bordas de oro.

El futuro vencedor de Abukir iza sus velas y pone rumbo a las Afortunadas. 
Navíos de setenta y cuatro cañones, fragatas, balandras, lanchas de desembarco y hasta un bombardero español capturado, El Rayo, componen la escuadra inglesa. Más de cuatro mil hombres son llevados por Nelson a la batalla. La mitad casacas rojas.

En la preciosa isla española, el gobernador, teniente general Gutiérrez ha recibido noticias del movimiento inglés y organiza sus defensas. Poco más de mil seiscientos españoles y noventa cañones se preparan para hacer frente a los ingleses. Casi todos son milicias civiles, unos cientos de soldados viejos y un pequeño destacamento francés.

La noche del veintiuno de julio, llega Nelson a Tenerife. De inmediato ordena a su flota atacar y desplegarse. Pero ésa madrugada, el mar picado, el desconocimiento del terreno y la feroz respuesta desde los fuertes españoles desbaratan el intento inglés.

La mañana del veintidós las fragatas inglesas remolcadas se arriman al Bufadero y desembarcan mil infantes. Desde el fuerte de Paso Alto y otras posiciones, el fuego cruzado, preciso y eficaz de los cañones y mosquetes españoles, clavan a los casacas rojas sobre la arena de la playa de Valleseco. Durante un día y su noche reciben el fuego español. Nelson decide su reembarque y el veinticuatro de julio, de noche, los ingleses vapuleados se retiran de la playa.

Nelson está que trina. Su plan está fracasando, no puede con los españoles. Decide jugárselo todo a una carta y planea un ataque frontal contra la ciudad. 
Será tanto el terror que provoquen que los habitantes huirán despavoridos. Con lo que Nelson no cuenta es que los habitantes están todos en las murallas con un mosquete, espada o daga en las manos.

Al alba del veinticinco de Julio, los ingleses en lanchas de desembarco y en el Cutter Fox, avanzan, en completo silencio hacia Santa Cruz.

Mal día han elegido los hijos de La Pérfida para atacar a España. Aunque Nelson como buen hereje, no cree en ésas cosas.
A quinientos metros del puerto, con los barcos españoles a tiro de piedra, desde el navío San José, alguien da la voz de al arma. De inmediato, desde el fuerte de Paso Alto se abre fuego contra los ingleses.

Los botes se desparraman sobre el agua, muchos se estrellan contra las rocas, otros caen bajo el intenso fuego español. Algunos logran llegar hasta el embarcadero.
En uno de aquellos botes viaja Horatio Nelson, encabeza a sus tropas dando ejemplo de valor y gallardía, aquí es donde empieza su leyenda.

Empezar a escribirla, le cuesta medio brazo. Se cuenta que fue un proyectil del cañón al que llamaban “El Tigre”, el que hirió de gravedad y casi mata, al marino británico. 
Lástima, por unos centímetros y nos ahorramos Trafalgar. El cañón todavía puede verse en la isla tinerfeña.

En fin, pero La Historia es la que es, y no podemos cambiarla, solo aprender de ella.
Nelson es evacuado chorreando sangre-¡Ay!,¡My God!.

Los ingleses que han desembarcado se enrocan, tras muchas vueltas por la ciudad acosados por los tinerfeños en el convento de Santo Domingo.

Los ingleses son rodeados por una turba de gente enardecida que enseña sogas y afilados cuchillos. Ninguno saldrá vivo de allí si no se rinden.

Los intentos ingleses de rescatar a sus camaradas y de conquistar la ciudad, chocan contra la lúcida y eficacísima defensa de Gutiérrez, que con los continuos movimientos de sus tropas, adelantándose siempre al marino inglés, consigue que Nelson crea que combate contra ocho o diez mil españoles. Así lo escribirá en sus crónicas, pues resulta que mil y pico de isleños mal armados son demasiado poca cosa como para haber pagado un brazo, y muchos hombres, y muchas barcazas, y un navío, el Fox, que yace hundido en la bahía cargado de mosquetes, pólvora y munición.

El capitán inglés que está en Santo Domingo, solicita la rendición honrosa. Gutiérrez como buen hidalgo, se la concede. Los ingleses se van, desfilando hasta el embarcadero y sudando bajo sus uniformes.

A su alrededor una turba de enrabietados españoles les miran furibundos, si por ellos fuese, estarían todos muertos, colgando de las murallas.

Los casacas rojas intuyen la hostilidad y la violencia salvaje que hay tras la mirada de los isleños. Todos resoplan aliviados:

-De la que nos hemos librado, James…
- Ni que lo digas, Edward…
Así el día veinticinco de Julio, festividad de Santiago, perdió su antebrazo el insigne y conocidísimo marino inglés Horatio Nelson.

Y es que se equivocó de día para atacar a los sucios, grasientos, crueles y arrogantes españoles.

Mira que tenía fechas en el calendario…

A. Villegas Glez. 2011

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