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El Blocao

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Frente a mí tan solo hay pedruscos y retamas resecas hasta la barranca, más allá, tras ella, el horizonte liso solo se rompe por algunas piedras sueltas, viejas pirámides que se desmoronan grano a grano y que ahora dan sombra a las culebras y los alacranes, algunas pitas y chumberas crecen tanto que asoman sobre las barrancas y quebradas, más allá bajo la luna hermosa y clara de junio se recorta la imponente figura del monte Gurugú.

El aire es frío y húmedo, el mar está cerca y hasta el blocao llega fresco el viento de levante, me arrebujo en el capote, que está ya delgado como papel de fumar de tantos reemplazos como habían pasado por sus manos, pero al que la horda de chinches y piojos que lo habitan le dan cierto calorcillo animal, algo molesto al principio, pero al que acabas acostumbrándote.

La noche clara me permite ver bien el campo y el camino de Drius, que es el sector que vigilo esta noche de junio, además, los moros no se arrimarán hoy, al menos por esta puerta. Me conocen, dicen de mi que tengo “la Baraka” y que “sabe manera”, que es como decir que les entiendo y respeto, que soy noble y honrado y de valiente corazón.

Sin embargo no es ésa la razón por la que no se acercan, si no porque conocen la fama de mi puntería, saben que con “la fusila” no hay nadie mejor, y que al bravo jinete Musa de Beni Urriaguel me lo cargué de certero balazo, mientras el moro galopaba a más de cien metros. O sea , que el que asome el turbante durante mi guardia, sabe a lo que se expone.

Que una cosa es tomar los tés tradicionales en la jaima de un kabileño, y otra dejarlo entrar de noche en la posición, en el blocao.

La posición es tan solo una empalizada y cuatro rollos de alambrada estirados tanto que de nada sirven, sobre un montecillo hemos excavado pozos de tirador y emplazado el Sneider de siete y medio, al lado el polvorín y la tienda de los oficiales, la estación heliográfica,y sus tres ingenieros que tienen más cojones que todos los demás juntos, pues cada día sacan la cabeza fuera con sus aparatejos y espejuelos y reciben las órdenes del mando, que llegan de blocao a blocao como un boca a boca de rayos de sol dirigidos.

Al blocao no lo hemos bautizado, aunque el calificativo general es el mismo: mierda de sitio, blocao de mierda, y vaya mierda de lugar de mierda, son los que más se oyen. Pero nombre oficioso no tiene, el oficial es Posición intermedia H, entre la posición A, más adelantada y la Z, que está a retaguardia, diez kilómetros más allá y donde están el comandante y la camarilla de oficiales.

En la Intermedia H estamos de guarnición, la tercera sección de la tercera compañía del primer regimiento de infantería Ceriñola. Cien hombres, pues hay enfermos y escaqueados en la Plaza, la consigna, como siempre, llevarse bien con los moros, mucha política y si llega el caso, defender la posición hasta la última bala.

Es vida dura la del blocao. Guardias, rutina y aburrimiento, aguantar al teniente Gámez y sus tonterías teóricas, y lo peor, salir a hacer la aguada… No se en lo que piensan lo oficiales cuando eligen las posiciones, pero en todas hay que jugarse la vida para llenar unas carricubas con las que calmar la sed de hombres y bestias y siempre sufrimos bajas cuando, cada día salimos a por agua y hay que devolverle a los moros cada gota de agua con gotas de sangre española.

Cavar, aguadas, guardias… Cavar, aguadas… La sed terrible y la soledad tan profunda que se agarra a las tripas como un balazo. Y el polvo y los aduares morunos donde te miran atravesados, donde siempre puedes adquirir cualquier cosa, o venderla. 
Por vender su munición maté a un compatriota… ¡Perro traidor!, vendía los peines de máuser con los que después nos disparaban.

Nadie se enteró, algún moro con cuentas pendientes dijeron los oficiales cuando el tema salió a la luz.

A mí el coronel tras interrogarme muy desabrido y explicarle la situación, me dijo que no era motivo, y yo le repliqué que sí, que era sobrado motivo y que aquel pobre era desgraciado soldado, y que ante oficial de la misma calaña igual actuaría.

Yo no sé si el coronel tenía negocios oscuros, no me hubiese extrañado lo más mínimo, pero el caso es que me miró muy fijo y serio, hizo ¡Glups!, tragó saliva, ordenóme retirarme y a los dos días estaba yo, despojado de mis flamantes galones de casino online sargento y en el blocao aquel de mierda que decíamos.

Y hacía frío aquella noche de luna llena, y los dos moros que se acercaban despacio, reptando como culebras hasta mi posición, no tenían ni idea de que muy pronto se reunirían con su Dios en el paraíso prometido, pues pese a que solamente los había delatado un movimiento un poco más rápido que los demás, para mí era suficiente.

Venían un poco separados, uno el más cercano a sesenta metros, el otro algo más allá, chilabas pardas y turbantes de lo mismo, apenas podía distinguirlos de las piedras a las que se pegaban, apenas podía escuchar el sonido que hacían sobre el suelo, perdido en el ulular del viento africano.

Pacientes, astutos y sigilosos, los perdí de vista un instante y cuando los volví a localizar los tenía ya a cincuenta metros, uno a la derecha, el otro a la izquierda, buscando matarme y robarme el fusil, que es la más preciada posesión para un rifeño.

Disimulando y haciéndome el bisoño despistado, me puse a contemplar la luna de espaldas al enemigo, tenso como vara de avellano, el fusil dispuesto, la mano derecha en el cerrojo, las orejas tiesas como las de un lobo.

Y entre dos uuuuuhhh, uuuuhhhhhhh, del viento escuché una piedra golpear levemente contra otra(taclac) y supe que los enemigos se acercaban, dispuestos a saltar sobre mi, gumia en mano en cualquier instante.

Cuando me giraba yo ya no era un inocente bisoño, en el mismo movimiento en el que me colocaba de frente había acerrojado mi arma y ahora la encaraba contra el moro que tenía casi encima, la gumia en la mano queriéndome destripar como a marrano, unos ojos negros de odio fue lo último que vi de él cuando apreté el disparador y su cabeza quedó convertida en puré de turbante.

Mientras abría el cerrojo y salía la vaina caliente y humeante, busque a mi otro enemigo, que espantado de mi feroz y rápida respuesta se había arrojado a tierra y desaparecido, inmóvil entre las retamas y pedruscos.

Tardé un poco en dar con él, allí estaba acurrucado contra unos peñascos que había al este de mi puesto, yo escuchaba llegar ya a mis compañeros de la guardia, alarmados por el disparo.
Al verme, el moro arrojó su cuchillo, y me miraba aterrorizado, yo apunté y a punto estuve de reventarle la cabeza, pero no pude, algo dentro no me dejó hacerlo, y eso a pesar de que el otro no habría dudado en rebanarme el pescuezo, quizá lo hiciese en el futuro, allí en en Rif nunca se sabía.

Justo cuando parecía que el hombre había entendido que yo no le mataría empezó a esbozar una sonrisa de agradecimiento, pero no le dio tiempo a terminarla.

A mi espalda sonó un disparo y el turbante del hombre se deshizo en sangre y con él la fugaz y casi inexistente sonrisa.

Hasta mi lado llegó Pedro el malagueño, buen amigo y camarada:

-¿Estás bien compadre, estás bien…?- me decía mientras sujetaba mi brazo.

Lo miré un instante a los ojos, un segundo en el que le odié tanto que su mirada se turbó de comprensión y vergüenza:

- No, no estoy bien Pedro… Estoy hasta los cojones de este blocao de mierda…
(CONTINUARÁ)

A. Villegas Glez 14/11/12

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